La caída de Facebook (II)

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En la primera entrega de este artículo, pronosticamos que el liderazgo de Facebook como red social hegemónica se desvanecería en un período de tres o cuatro años. Ahora expondremos los siete factores en los que se fundamenta nuestra predicción.

 
En términos globales y respecto al año anterior, el número de usuarios mensuales activos de Facebook se incrementó un 14% en 2017, a pesar de los sintomáticos pinchazos registrados en países como Estados Unidos, Canadá o España. Según el informe Digital in 2018 (elaborado por la agencia We Are Social y la plataforma de gestión de social media Hootsuite), de los 3.196 millones de personas que actualmente son usuarios activos de las redes sociales, 2.167 millones lo son de Facebook, es decir, dos de cada tres. YouTube, la segunda clasificada con 1.500 millones de usuarios, no llega ni siquiera a uno de cada dos usuarios activos.
 
¿Qué podría amenazar, pues, un liderazgo tan aplastante? Los siete factores que exponemos a continuación.
 
Primero: los jóvenes mandan. En materia de redes sociales, quienes marcan tendencia son los jóvenes y —particularmente— los adolescentes. Para desgracia de Facebook, hace ya bastante tiempo que los públicos de menor edad han dejado de interesarse por esta red y han emigrado a otras plataformas más acordes con su estilo y sus valores y que, además, les permiten alejarse de la comprometedora supervisión de sus mayores. Un estudio de la consultora eMarketer cifra en 2,8 millones el número de usuarios estadounidenses menores de 25 años que abandonaron Facebook durante el 2017. La previsión más conservadora para este 2018 es que la sangría seguirá con la pérdida de otros 2,1 millones de usuarios adolescentes o jóvenes adultos en Estados Unidos y 700.000 en Reino Unido. Es cuestión de tiempo que los padres de estos chavales sigamos sus pasos para extender nuestro manto protector allí donde se encuentren y, de paso, para evitar ser percibidos como carcamales fuera de onda.
 
Segundo: el liderazgo desgasta. Ser líder te da ventaja, particularmente cuando los vientos son favorables. Cuando las cosas se tuercen, no obstante, todos los dedos acusadores te señalan y concentras todas las miradas desaprobadoras. El muy insuficiente control sobre las noticias falsas, el escaso respeto hacia la privacidad de los usuarios y las sospechas de propiciar un uso adictivo no son mérito exclusivo de Facebook, pero como red social líder se ha convertido en blanco preferente de las críticas que apuntan al lado más oscuro de los social media. Esta tendencia se acentúa cuando otras redes sociales muestran mayor proactividad que Facebook a la hora de combatir estas lacras. Sería el caso del riguroso estudio sobre las fake news financiado por Twitter que acaba de publicar la prestigiosa revista Science.
 
Tercero: el día sigue teniendo 24 horas. Ni una más ni una menos. El tiempo que dedicamos a una actividad determinada se lo sustraemos a otra. Hace una década, por ejemplo, WhatsApp no existía. Actualmente, en cambio, la penetración de WhatsApp en España (73%) ya supera a la de Facebook (69%), de acuerdo con el mencionado informe Digital in 2018. Podría alegarse que WhatsApp no es propiamente una red social, sino una aplicación de mensajería instantánea, pero en la práctica buena parte de los usos que se dan a esta app en el día a día se solapan considerablemente con el uso que pueda darse a una red como Facebook. Por otro lado, que WhatsApp sea propiedad del conglomerado Facebook es un dato a considerar en términos de cuenta de resultados del grupo, pero no quita que la aplicación pueda contribuir a erosionar la hasta ahora indiscutible hegemonía del buque insignia del imperio Zuckerberg.
 
Cuarto: la pasividad mata. El negocio de Facebook es el mercadeo con la información que los usuarios le proporcionamos consciente o —muchas veces— inconscientemente. Cuando más activos somos en esa red social, más datos revelamos sobre nuestras preferencias, nuestros vínculos, nuestras aficiones, nuestros hábitos (incluidos los de consumo), nuestra ubicación, etc. En el momento en que adoptamos una actitud más pasiva, que es precisamente lo que ahora está ocurriendo, la gallina de los huevos de oro se ve seriamente amenazada. Cuando Zuckerberg afirma: «En 2018, estamos centrados en asegurar que Facebook no solo sea divertido de usar, sino también bueno para el bienestar de la gente y la sociedad», en realidad está diciéndonos que no quiere que consumamos Facebook como si de un agregador de contenidos o de un medio de comunicación se tratase, sino que necesita preservar su dimensión social, la interacción entre usuarios que da sentido a la plataforma y que sustenta sus suculentos ingresos publicitarios (según datos aportados por la propia empresa, 39.942 millones de dólares en 2017, lo cual supone un incremento del 49% respecto al año anterior). Los cambios recientemente implementados en los algoritmos para primar los contenidos de particulares sobre los contenidos corporativos y mediáticos apuntan exactamente en esa dirección. El riesgo es que el hábito de emplear Facebook de forma pasiva tal vez ya esté tan arraigado que el usuario acabe buscando la interacción social en otras plataformas.
 
Quinto: el contenido visual es el rey. YouTube, Instagram, Snapchat, Pinterest y tantas otras son redes sociales nacidas para compartir contenidos visuales. Facebook y Twitter son reliquias de un momento pretérito en el que el contenido textual aún no había perdido definitivamente la batalla contra la hegemonía total y absoluta de la imagen. Aunque ambas plataformas han hecho un notable esfuerzo para adaptarse a los tiempos que corren, las redes y aplicaciones que ya nacieron con vocación visual (las que podríamos denominar nativas visuales) siempre les llevarán cierta ventaja en este terreno. Particularmente entre los perfiles más jóvenes, que como hemos visto son los que marcan tendencia.
 
Sexto: donde las dan, las toman. La estrategia con la que Facebook ha hecho frente a la competencia pasa esencialmente por comprarla o copiarla. Su músculo financiero así se lo ha permitido hasta ahora, pero no es una estrategia sostenible. De hecho, algunos competidores ya empiezan a emplear las mismas armas. Es sintomático que Twitter lleve tiempo renunciando a parte de su esencia en un intento de facebookización creciente cuyo último episodio ha sido la duplicación del límite de caracteres, que han pasado de los emblemáticos 140 a 280. A su vez Snapchat —herida de muerte por el lacerante mimetismo con el que Facebook ha desarrollado las prestaciones visuales propias y de sus adláteres Instagram, FB Messenger y WhatsApp— ha acabado usando la misma estrategia (tal como evidencia, por ejemplo, la reciente incorporación de las menciones), generando así un vistoso bucle de plagios y contraplagios. Además, Snapchat ya trabaja también para hacer que su uso resulte más fácil e intuitivo, de modo que pueda arañar usuarios a Facebook allí donde la plataforma de Menlo Park todavía es fuerte: el público más adulto. Y por si fuera poco, siguen apareciendo aspirantes que apuntan maneras. Sería el caso de Vero, una red social que en los últimos meses ha experimentado un crecimiento fulgurante. Estéticamente, vendría a ser una versión ultra cool de Facebook con el componente visual ya incorporado de fábrica. Conceptualmente, con su claim “True social” golpea a la red de Zuckerberg donde ya sabemos que más le duele: sin algoritmos, sin publicidad, sin bots. Solo personas reales relacionándose con las personas reales que realmente les importan.
 
Séptimo: es todo o nada. Lo que hace atractiva a una red social es que en ella hallemos a las personas (u organizaciones) que realmente nos importan. Cada vez que alguien se incorpora a ella, por tanto, se incrementa exponencialmente el atractivo de la red para otros muchos. Solo así se entiende que hace apenas tres lustros Facebook no existiera y que hoy en día sea usada activamente por casi 2.200 millones de usuarios. La misma fórmula exponencial, sin embargo, aplica cada vez que un usuario abandona la red. La eventual caída de Facebook, pues, no solo será estrepitosa: será muy rápida. Como apunta el colega Ismael Peña-López, así «es la ley de las economías de red».
 

Si hacia el 2022 estos siete factores ya se han confabulado para que los pronósticos aquí formulados se acaben cumpliendo, recuperaremos este artículo a través de un post colgado en alguna red social (no será Facebook) y presumiremos de profetas. Si erramos, siempre nos quedará el consuelo de la buena compañía: la de los investigadores de la Princeton University que en 2014 anunciaron que la debacle de esta plataforma se produciría en el 2017.


Artículo publicado anteriormente en la revista nº 75 de COMeIN por Ferran Lalueza.

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